Supongo que son las ganas de vernos, que se convierten en esas mariposas chocando con las paredes de mi barriga a 120 km/h. Cuando te veo de espalda, y digo, es ella. Es ahí cuando todo sale volando por los aires, no noto las pulsaciones de mi corazón porque hace tiempo que se han acelerado. Me tiro encima de ti, y tengo ganas de bañarte conmigo en aquella laguna. Y justo cuando siento tu mano por mi mejilla desnuda, para llevar mis labios junto a los tuyos es cuando todo se calma. Todo vuelve a la normalidad. Y me centro en saborear tus labios, en disfrutar cada instante.
Me los grabo, como me grabé aquellas páginas de aquel libro para ese examen que tanto me costó sacar. Para no olvidarme que tus ojos, esos que estuvieron a un centímetro de los míos, estén a kilómetros de distancia.
Eso de viajar, por mas que lo hago, es tan raro. No me creo que estoy allí, hasta que piso el suelo, y a mi alrededor tengo aquel paraíso. Cuando lo tengo a él, que siempre tengo que sacarle los abrazos con espátula. No termino de entender, eso de poder estar tan cerca y a las horas, tan lejos.
No comprendo esas lágrimas que no puedo evitar que salgan, por miedo de no volver nunca mas. Por el miedo que siento de tener que partirme en dos. O tal vez por no querer irme, y a la vez extrañar aquellos que están donde suelo estar.
Pero recuerdalo, es cuando siento ese abrazo de él. Es cuando siento ese beso. Es cuando siento a los que no veo desde hace mucho. Y es cuando veo aquel reloj. Que el viaje merece la pena.
Tu mano por mi barriga, todavía ese momento te pertenece.
Esa gasolinera y tu, que querían calmar mi llanto.
Tú, siendo mi estufa por la noche, en aquella laguna helada.
Esa sonrisa de aparatos, seguida de un abrazo por alguien de mi altura, que logra meter canastas.
Todos los viajes merecieron la pena.
Todas las horas de ida y vuelta, me saben a un dulce amargo.
Pero lo mas importante, es que tu, si tu, no me hayas soltado la mano nunca. A pesar de estar lloviendo.
También iría nadando.
Bella.

